Los eventos transcurridos en Caracas la madrugada del pasado sábado 3 de enero marcan un punto de inflexión que trasciende la captura de Nicolás Maduro. Más que un episodio aislado, la intervención militar estadounidense en Venezuela evidencia la crisis profunda del orden liberal internacional surgido tras la Guerra Fría.
Este suceso pone de manifiesto que la unipolaridad estadounidense y el entramado de instituciones multilaterales que la acompañó han sido sustituidos por una fase de creciente fragmentación en la que el poder de los Estados fuertes vuelve a imponerse sobre las reglas compartidas.
En
el escenario internacional, la intervención militar directa no representa una anomalía
histórica, sino la certificación de una transición hacia un sistema multipolar
mucho más militarizado e inestable en el que la diplomacia normativa pierde
centralidad frente al uso excesivo del poder duro.
El
motor doctrinal de esta transformación es la reactivación de la Doctrina Monroe
a través del nuevo corolario Trump, una reinterpretación de carácter imperialista
que rechaza explícitamente la injerencia de potencias extrahemisféricas en el
hemisferio occidental, concebido como zona de influencia estadounidense.
Este
retorno explícito a las zonas de influencia implica que la soberanía de los
Estados periféricos queda subordinada a los intereses de seguridad nacional de
la gran potencia, normalizando el uso de la fuerza por encima del derecho
internacional.
Para
la Unión Europea, este cambio de paradigma supone una mala noticia, al dejarla expuesta
en un tablero global que ya no reconoce su prisma basado en la estabilidad
normativa.
La
reactivación de la Doctrina Monroe bajo el corolario Trump
El
marco conceptual de la intervención estadounidense se asienta en la Estrategia
de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca en diciembre
de 2025, que recupera la Doctrina Monroe para adaptarla a la nueva realidad
multipolar.
Mientras
que la proclama original de 1823 se presentaba como un escudo de solidaridad
continental contra los imperialismos europeos, la versión actualizada por la
administración Trump elimina cualquier ambigüedad en el término soberanía
americana.
En
esta nueva lectura, la soberanía se entiende estrictamente como la defensa de
la patria, los intereses y el bienestar de los ciudadanos estadounidenses,
consolidando un proyecto de poder e influencia que sitúa a Washington como el
único árbitro legítimo del hemisferio.
El
denominado corolario Trump supone una evolución más agresiva del corolario
Roosevelt de 1904, recuperando la política del gran garrote
bajo la premisa de garantizar la estabilidad mediante la fuerza.
Esta
doctrina ya no se limita a rechazar la injerencia de naciones lejanas. Plantea,
además, la necesidad de desmantelar activamente su presencia y de excluir la
mediación de instituciones multilaterales en los asuntos regionales. Al
presentar la violación de la soberanía de terceros países como un mal necesario
para garantizar la seguridad propia, Washington legitima la injerencia cercana
mientras criminaliza cualquier influencia externa que desafíe su hegemonía.
Bajo
este prisma, Venezuela se convierte en el nodo central de la disputa
estratégica, al funcionar como principal punto de anclaje regional para los
rivales revisionistas de Estados Unidos.
A
modo de ejemplo, a finales de 2025 China se había consolidado como el principal
comprador de crudo venezolano. Pekín absorbía cerca
del 80% de sus exportaciones y utilizaba su capacidad
financiera para ampliar su influencia en el continente. La intervención de la
administración Trump no solo busca el control de los recursos energéticos, sino
también neutralizar la infraestructura de influencia proyectada por Moscú y
Pekín en un espacio que Washington reclama como de acceso privilegiado.
En
este contexto, es fundamental entender que la narrativa sobre el
narcoterrorismo y la supuesta recuperación de una industria petrolera “robada”
operan como justificaciones funcionales y no como las causas estructurales del
conflicto.
Si
bien los cargos por conspiración para importar cocaína ofrecen una base legal
para el procesamiento de Maduro en Nueva York, el verdadero motor de la
operación es el restablecimiento del liderazgo unilateral estadounidense en la
región. La captura de Maduro es, por tanto, el primer paso de un plan más
amplio para depurar el hemisferio de influencias hostiles y restaurar una zona
de influencia absoluta que el antiguo orden liberal ya no podía garantizar.
El
retorno explícito de las zonas de influencia
Esta
intervención funciona como un acto demostrativo que certifica el retorno
explícito de las zonas de influencia y el fin de la ambigüedad en el ejercicio
del poder unilateral estadounidense.
El
mensaje enviado al tablero global es nítido. Washington está dispuesto a
normalizar el uso de la fuerza para depurar su hemisferio de influencias
externas, legitimando las intervenciones militares bajo el nuevo corolario
Trump. En este contexto, otros gobiernos regionales hostiles a la Casa Blanca,
como el de Nicaragua o Cuba, son susceptibles de nuevas intervenciones.
También
se trata de un mensaje implícito para China respecto a sus ambiciones en Taiwán
y para Rusia sobre su campaña en Ucrania. Trump traza una realidad donde los
conflictos militares dejan de ser excepciones para convertirse en la norma de
un sistema internacional fragmentado y militarizado, caracterizado por las
zonas de influencia de las grandes potencias mundiales.
La
convergencia de este escenario con las guerras en Ucrania y Oriente Medio, donde
Estados Unidos rechaza
activamente mecanismos como la Corte Penal Internacional,
muestran como el poder duro condiciona ahora todas las relaciones
internacionales, invalidando el prisma normativo.
En
este nuevo paradigma, el derecho internacional ha dejado de ser un límite real
para transformarse en un mero recurso retórico del que la propia Unión Europea
acaba siendo partícipe de manera hipócrita. Al validar la intervención en
Venezuela por intereses estratégicos, Europa debilita su autoridad moral para
denunciar violaciones de la legalidad en otros contextos, como las acciones de
Rusia en Ucrania o de Israel en Gaza.
El
resultado es una transición hacia un mundo de grandes potencias donde la Unión
Europea, atrapada en una arquitectura de proyección internacional diseñada para
un orden liberal en vías de extinción, acepta, por el momento, un papel de
vasallaje frente a Washington.
La
Unión Europea ante el mundo que viene
La
descomposición del orden liberal internacional ha supuesto un verdadero shock
para la Unión Europea, cuya identidad se ha cimentado históricamente sobre el
libre comercio y el respeto a las instituciones multilaterales.
Como
potencia eminentemente normativa y comercial, Europa se descubre hoy como el
actor más vulnerable ante un sistema internacional donde el poder duro, la seguridad
económica y el proteccionismo agresivo han sustituido a las reglas
tradicionales del orden internacional liberal.
La
captura de Maduro y la aplicación del corolario Trump certifican que el mundo
ya no se rige por la diplomacia liberal, dejando la arquitectura europea
expuesta a choques exógenos que no puede controlar ni amortiguar con sus
herramientas actuales.
La
reacción
de Bruselas ante este nuevo escenario ha sido ambigua
y prudente, evitando cualquier confrontación directa con un Washington. Esta
postura no indica solamente un apoyo convencido de Europa a la política de
intervención, sino que refleja la dependencia estratégica y la debilidad
geopolítica que paralizan la voluntad política del continente.
La
Unión se enfrenta a la incómoda realidad de que su peso internacional se diluye
en un entorno donde los Estados fuertes imponen su voluntad mediante el poder
duro, mientras que las instituciones multilaterales en las que Europa ha
invertido su capital político pierden relevancia de forma acelerada.
En
el centro de este dilema reside la contradicción fundamental de la Unión: ser
un actor normativo atrapado en un sistema movido por el poder duro.
La
incapacidad de Bruselas para influir en los resultados, mediar en los
conflictos o disuadir a las potencias en disputa es el síntoma de una parálisis
estratégica que impide a la Unión actuar de forma eficaz ante la militarización
del sistema.
Mientras
potencias como China, Rusia o Estados Unidos redibujan sus zonas de influencia,
la Unión Europea observa con irritación un desorden global donde su visión
liberal carece ya de arraigo real en el resto del globo.
Ante
este vacío de liderazgo, surge la duda de si este momento de ruptura constituye
una oportunidad óptima para desarrollar una autonomía estratégica real o si
Europa está condenada al vasallaje.
El
desarrollo de un proyecto de seguridad y defensa común parece hoy
imprescindible para que los Estados europeos recuperen cierta capacidad de
influencia, ya que por sí solos no pueden impactar en la escena internacional.
Sin embargo, la escasez de voluntad política y la división interna hacen que
este camino sea difícil, empujando a la Unión a aceptar de forma pasiva el
liderazgo de un Washington cada vez más unilateral y agresivo.
El
perjuicio para la Unión Europea es de carácter existencial, ya que el derrumbe
del orden liberal anula el único tablero de juego donde Bruselas era un actor
relevante. El fin de la unipolaridad y el regreso al poder duro significan que
Europa ya no puede proteger sus intereses mediante la simple apelación al
derecho internacional.
Al
encontrarse sin músculo militar y con una diplomacia que ha perdido su
capacidad de disuasión, la Unión Europea corre el riesgo de quedar relegada a
la periferia de una era en la que las reglas son, simplemente, un anacronismo
del pasado.
Marcel Muñoz Rodríguez
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